Letras de lujuria // Tercer Piso
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Por Jonas Fierro
Letras de lujuria // Tercer Piso
Letras de lujuria // Tercer Piso
“Zafira echaba chispas de lo caliente que estaba y rápidamente provocaba a Apolonio, que con su mano derecha sostenía su enorme herramienta mientras miraba babeando las nalgas de su curvilínea morena”.
Estas letras sin problema podrían ser el dialogo de alguna película de ficheras de los años ochenta, o a lo mejor parte de una conversación entre amigos en un bar, posiblemente una fantasía en cualquier taller mecánico.
¿Y por qué menospreciar a todos los calientes capitalinos? Se puede dar en la oficina de un diputado, en un pesero, en el jardín de una casa de las lomas o en paupérrima vecindad. Lo que de verdad es claro, es que NO es parte de la literatura erótica de alto octanaje intelectual, pero al diablo el misterio (se leería mejor “a la chingada” en el tenor de lo que este texto abordará, pero no sé qué pensará de mi el titular de la edición) les confieso que son letras de lujuria de los maravilloso “Sexacionales”: El comic erótico en México.
La historia del comic en México es larga y con muchas piedras en el camino, el primer intento lo realizo José Guadalupe Cruz con historietas como “Juan sin miedo” y “El Santo” sí señor, el enmascarado de plata, aquel que en su última entrevista, al ser cuestionado sobre si seguiría luchando contra lobos, vampiras y mostros respondió: “Pus contra quién se deje”
Muchas fueron las publicaciones del comic en México: La Familia Burrón del maestro Gabriel Vargas, El Pepín, El Chamaco, el Capulinita, los Supersabios, Rolando el rabioso (mi favorito), muchos comics de bolsillo que tuvieron su auge en los años sesenta y setenta, pero esa es otra historieta, acá lo que nos incumbe es el comic erótico, el cachondo el que aun es visto con malos ojos por algunos puritanos e intelectuales mexicanos de Sanborns.
La editorial Toukan jugó el papel de madre, al parir con mucha pena (ajena) y sacrificio a al primer comic erótico en México: “Bellas de moche” a finales de los años ochenta e inicios de los noventa, década de mayor auge para estas publicaciones.
“No nos hagamos tarugos” bien decía la revolucionaria de izquierda de apodo la Chimoltrufía, y recordemos los que tenemos más de treinta, que en esos días las novelas románticas ya no tenía cavidad en el mercado (el “Lagrimas y risas” ya daba flojera) y que el “Libro vaquero” ya no satisfacía las necesidades de un púber con ganas de conocer todo lo que le ocultaban. La gente y los pubertos noventeros pedían más y más sexo.
Yo recuerdo que cuando mi padre compraba estos comics (sí, lo confieso vengo de un linaje de lectores de comics calientes) tenía que esperar a que al terminar de leerlos (tal vez en una onda de “Parental Advisory” a la mexicana) fueran tirados al suelo, a un costado de su cama, en señal que ya era digno de cachondear mis pupilas con las morenas exuberantes ahí dibujadas. Otra peripecia consistía en robar estos libritos de la peluquería, antes del casquete corto y debajo de la manta que aun usan algunos “tumba greñas” para proteger el cuerpo de los cabellos y esconder los comics eróticos robados.
A pesar de lo que muchos piensen, el comic erótico en México tiene un gran mercado que está dentro de todos los segmentos socioeconómicos y culturales. Algunas encuestas arrojan que las personas que vienen de la clase media-media (media jodida decía Chava Flores) suman el 48%, la clase media baja son el 38% y un 6% la clase acomodad, créanlo o no, los ricos también se sonrojan.
Los tópicos por lo general incluyen féminas súper voluptuosas desesperadas por encontrar sexo con hombres comunes y corrientes: Choferes, albañiles, mecánicos, panaderos, plomeros y electricistas y hasta periodistas, todos ellos pícaros de barrio que ven completas sus vidas al ver a una morena o rubia vestida y desvestida. Sin complicaciones, sin temas difíciles, estas narrativas cuentan historias.
Historias que un tipejo como yo que nunca leyó El Decamerón, La insoportable levedad del ser, El Kamasutra o al Marqués de Sade, pero que sin embargo calmó sus ímpetus de letras de lujuria con clásicos como: El Sexacional de barrios, de Traileros, de Ficheras e inclusive de luchadores (juro por mi padre que leí uno en donde el Matemático mantiene relaciones sexuales, mientras enseña a aplicar la llave de nombre: La Gori especial), dando otro visión menos intelectual, pero igual de erótica que cualquier otro texto que busque en sus líneas el arte de amar.
Por Jonas Fierro
Librería de Cristal 1990
Hay cierta edad en donde el olor a tacos de carnitas (estilo Michoacán) un cine para la clase media alta (ya casi en extinción) y las páginas de un libro nuevo, no tienen diferencia alguna. Si se preguntas el por qué de tan disparatadas comparaciones, me limitaré a decir que en 1990 en la avenida Ejercito Nacional (por Polanco) existía un lugar en donde todo eso convivía: La librería de Cristal.
Ubicada en el corazón de Polanco antes de que el” Gigante” que estaba lleno de personas judías se convirtiera en el “Soriana” lleno de personas judías y mucho antes de que el centro comercial “Antara” diera paso al desfile interminable de “socialites mexicas” en busca de las rebajas de fin de temporada, la Librería de Cristal a un costado del cine Ariel ya estaba ahí.
Para aquellos que tuvieron el honor de ver la película “Volver al futuro II” de Robert Zemeckis en pantalla gigante de esas que aun tenían su telón y que antes de iniciada la función era sitio de juegos infantiles, la librería era un paso obligado al final u antes según se manejara la puntualidad (hace 20 años los cines solo exhibían una película).
Como se mencionó, un paso obligado en este cine de antaño, era la Librería de Cristal donde para muchos que caminamos en el Tercer piso (casi los treinta años) ir a buscar el “Libro mágico” era el primer acercamiento a los textos que ahí vendían.
El libro mágico un básico para la educación primaría de la década de los noventa, con sus miles páginas de ejercicios que te enseñaban la correcta forma de la letra manuscrita (que jamás en la vida se utiliza) adornado con sus pliegos de papel calca para reafirmar los ejercicios, quitaba un poco la curiosidad de indagar más en otros autores.
No porque el “Libro mágico” quitara las ganas de buscar más en la Librería de Cristal, convivían autores como Ann Rice (antes de que Brad Pitt le quitara lo vampírico a su obra), José Agustín y Carlos Fuentes en una misa mesita, sin separar y amontonados, todos ellos con una pancarta que decía “Ofertas” No muy lejos de lo que hoy son los estantes “catalogados” de las librerías Gandhi en donde los chavos de playera morada, saben ubicar libros de mejor manera con ayuda de una computadora
La librería tenía un vasto surtido, pero es primordial aportar que el dependiente de aquellos años, un señor pelón (sin referencia a este que teclea) mal encardo y con un cigarrillo en la mano (Sí, antes si se podía fumar en todos lados) fuera aquel que al preguntarle sobre las obras completas de Parménides García Saldaña respondiera: “No lo tengo y no creo que me va a llegar”
Nada fuera de tiempo esta situación, al preguntar en cualquier librería sobre algún autor y tener como respuesta un no, daban pie al acto más revolucionario de visitar a una librería pasada o presente, ser tu quién busqué el texto y al final con suerte mostrarle al dependiente mal encarado o al chavo de playera morado que deben poner más atención en su día de hacer el inventario.
La librería de Cristal de 1990, contaba con estantes de madera, contradictoria a su atrayente segundo nombre, “De cristal”, ya que lo poco que se recuerda que hubiera ahí con este material, eran los lentes del dependiente cansado de chamacos corriendo por sus estantes, emocionados por entrar a una función de cine y llevar en la bolsa de su madre: el Libro mágico.
